Mentiras que me dijo mi padre (1975) reseña de la película

El hijo, David, teme la repentina ira de su padre, pero ama a su abuelo. Y juntos, aman al caballo, que es una bestia vieja y en mal estado que debería haber encontrado su lugar en un bote de pegamento hace años. El niño viaja con su abuelo y se sienta en el establo para largas discusiones con él, y aprende la tradición judía y el folclore en las variaciones más sorprendentes. El abuelo, al parecer, tiene un entendimiento directo con Dios y no necesita la ayuda de los rabinos, la religión organizada o la palabra escrita para interpretar el punto de vista de la deidad sobre todos los temas, desde la vida eterna hasta el cuidado y la alimentación de los caballos.

El padre se siente avergonzado por los hábitos pasados ​​de moda del abuelo y humillado por el hecho de que la familia todavía tiene un caballo en la era del automóvil. Los sociólogos lo verían como un inmigrante étnico de segunda generación en busca de asimilación, pero él no se ve así. Su imagen de sí mismo es la de un hombre moderno, una persona en la cima de los nuevos desarrollos: progresista, inventiva, liberada de la esclavitud de las viejas costumbres del campo.

El niño, claro y perfectamente lógico, no piensa para nada en tales cosas pero responde con cariño a su abuelo porque el anciano, a su manera sencilla, es infinitamente más capaz de dar amor. La madre está atrapada en algún punto intermedio, sensible pero perseverante, dividida entre sus deberes como esposa y sus instintos como madre. Y así la familia resuelve su destino, encontrando formas de afrontar las grandes cuestiones –identificación, determinación personal, amor, muerte– discutiendo por los pequeños, como si el caballo debiera deshacerse, o si el caballo fuera el anciano. debe llenar la cabeza del chico «sin sentido».

El conflicto familiar se desarrolla contra un gueto poblado por los personajes clásicos habituales: un marxista, un vecino astuto, una puta con un corazón de oro. Realmente no se hace ningún intento por hacer que estas personas sean más que estereotipadas, pero desempeñan sus roles con suficiente entusiasmo para hacerlas interesantes. Y le dan al niño el sentido de comunidad que, creemos, su padre nunca tuvo y nunca quiso. El final de la película es tan triste como predecible, pero deja esperanza para el futuro, como siempre deberían hacerlo esos esfuerzos.

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