Rese√Īa y resumen de The Last Race (2018)

Desde el principio, Dweck no sutil nos recuerda que esto ha sucedido antes: una serie de tarjetas de t√≠tulo informativas conducen silenciosamente al espectador a los ruidosos trances de la pista de carreras. Resulta que 1927 Long Island es donde todo comenz√≥ para las carreras de autos stock. A lo largo de los a√Īos desde entonces, ha habido hasta 40 autopistas en el √°rea, y Riverhead fue el √ļnico sobreviviente que logr√≥ resistirse a convertirse en una megatienda o centro comercial de descuento, como una pista de aterrizaje local. D√©cada de 1950. Esta cargada introducci√≥n imbuye a la pel√≠cula de Dweck con una segunda capa de apuestas de vida o muerte, adem√°s de la emoci√≥n y el peligro de las carreras de valores que su trabajo √≠ntimo con la c√°mara y el impresionante dise√Īo de sonido son completamente cautivadores. Divulgaci√≥n completa: no he visto ¬ęThe Last Race¬Ľ en un cine con un sistema de sonido profesional. Pero incluso en la pantalla de mi televisor y a trav√©s de mi modesto orador, la experiencia fue estimulante y, a veces, agonizante, especialmente cuando el director de fotograf√≠a Gregory Kershaw (tambi√©n coguionista de la pel√≠cula con Dweck) captura la claustrofobia sin parecer un auto de carreras. , junto a la desesperaci√≥n de los conductores en llanto, cascos y atados dentro de sus cr√°teres en forma de ata√ļd. Un par de movimientos bien elegidos del Requiem de Mozart (uno de los cuales se traduce directamente como ¬ęD√≠a de la ira¬Ľ) acompa√Īan estas impresionantes escenas con un efecto conmovedor.

Pero ¬ęThe Last Race¬Ľ no se trata solo de ruido y rah-rah, porque su mundo, a pesar de algunas erupciones machistas, no podr√≠a estar m√°s lejos del de NASCAR. Loablemente, Dweck opta por tomas largas y pocas palabras, y deja que el entorno haga todas las explicaciones a trav√©s de la repetici√≥n y la acumulaci√≥n de detalles en pantalla. Se sorprender√° de cu√°nta textura y amplitud de especificidad logran empacar sus 74 minutos escaneados econ√≥micamente, sin sentirse nunca aburridos o demasiado indulgentes. Sus estudiosas composiciones fotogr√°ficas del exterior descuidado y la oficina deliciosamente desordenada de Jim y Barbara Cromarty (la pareja anciana que posee y se niega a vender el Riverhead Raceway) recuerdan oblicuamente los encantos √≠ntimos de ‚ÄúFaces Places‚ÄĚ de JR y Agn√®s Varda. Admito que colgu√© mi filtro de rese√Īas en varios lugares solo para dar cuenta del nivel de cuidado con el que Dweck acaricia sus escenas ilustrativas hipn√≥ticas.

Una galer√≠a de fotograf√≠as vivientes y con conciencia social, ¬ęLa √ļltima carrera¬Ľ debe gran parte de su fuerza art√≠stica a la resistencia del cineasta a ser prescriptivo sobre su inequ√≠voco mensaje socioecon√≥mico. Cuando no estamos en la gloria de las carreras circulares y los trofeos baratos durante el fin de semana, √©l sigue pacientemente la vida cotidiana de los diversos jugadores de pista deliberadamente an√≥nimos a medida que llegan a fin de mes.A trav√©s de trabajos ordinarios que incluso incluyen el control de plagas en √°reas ricas y contrastantes. de Long Island. Para cr√©dito de Dweck, no tiene piedad de sus s√ļbditos mientras se esfuerzan por conservar su preciosa tierra y protegerla de los codiciosos agentes inmobiliarios de los que escuchamos brevemente. Quiz√°s un poco demasiado aburrida y corta para su propio bien, ¬ęThe Last Race¬Ľ termina transmitiendo la inquietante belleza que ve en un lugar inusual a cualquiera que quiera mirarla con compasi√≥n.

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